El libro Guinness de los récords acaba de destronar a la torre de Pisa como edificio más inclinado del mundo. Desde ahora el honor corresponde a la torre del campanario de una iglesia alemana, en Suurhusen.
Seguro que debe haber pisanos que hoy estarán tristes. Es evidente que su torre continuará siendo visitada, pero los más orgullosos de su ciudad se sentirán dolidos tras ser destronados, y recordarán los esfuerzos que hicieron - durante años- para estabilizar la torre y evitar que se inclinase más.
La parte buena se la lleva Suurhusen. A partir del anuncio de que su torre es nuevo récord mundial de edificios inclinados, más gente irá a verla. La gente va a ver lo que sea, mientras salga en la tele y los diarios hablen de ello.
Por eso pienso que se equivocan los promotores de esa iniciativa que intenta evitar la construcción del túnel del tren de alta velocidad junto a la Sagrada Família.